


FRANCISCO SOLER
Francisco Soler nació un 19 de enero del año 1901 en Saladillo.
Sus padres Francisco Soler Doya (1857) y Margarita Pallarola Guitar (1864) eran oriundos de España.
Sus 13 hermanos: Maria (1878), Antonio Valentin (1881), Teresa (1882), Rafael (1884 aprox.), Emilia (1885 aprox.), Emilio Manuel (1889), Juana de la Cruz (1890), Paula (1894), Isabel (1896), Carlota Nicandra (1898), Robustiano (1902) y Mario Delio (1906).
Francisco Pancho Soler se casó en primeras nupcias con Doña Rosa Albina Gonzalez con la que tuvo tres hijos: Josefa (Ñata), José (Pepe) y Raquel (Quela), Manuel Angel (Lolo).
Al fallecer su esposa contrae matrimonio con Mercedes Catalina Cotignola con la que tiene tres hijos más: Francisco Oscar, Roberto Roque (Beto) y Miguel Angel (Lito, mi papá).
Se relatan historias a través del tiempo, que van pasando de generación en generación, sobre hechos y anécdotas sobre su vida.
La más relevante es una de cómo llegó a ser Curandero (aproximadamente 1920) Naturalista como decían le gustaba apodarse a él. Cuentan que un día encontrabase arando en un campo Estancia Leonchos de la familia Delia cerca de la “Estación de servicio Las Gallaretas”, cuando recibió una señal que lo invoca a dejar todo y dedicarse a sanar a curar con un solo elemento, o mejor dicho dos, los más importantes: La Fe y El Agua. De figura mediana, alto y delgado como lo deja ver una de sus pocas fotos. Usaba ropa sencilla pero bien prolija y una rastra, elemento tradicional de la época, rodeaba siempre su cintura, luciendo en el centro de la misma un crucifijo de alpaca y oro que aún hoy se conserva en la familia y era otro de los instrumentos que usaba para curar.
Es así como en su rancho ubicado detrás del cementerio, Av. Ibañez Fromchan y prolongación Che Guevara comienza su labor. Al principio eran pocos pero llegó a asistir tanta gente, tan solo con el boca a boca que se unieron a él varios discípulos, como los llamaban, uno de ellos: Don Genaro Failace.
Varias son las anécdotas relatadas por su hermana Carlota Nicandra Soler de Molfino, con la que viví varios años de mi adolescencia. Llegaron las denuncias por Medicina ilegal, “...lo venía a buscar en una voiture (viste esos autos cuadrados a manija) la policía y no se lo podían llevar porque no les arrancaba”. Llegaron también las comprobaciones: “...Una vez vinieron dos disfrazados de curas, salió Pancho del lugar donde curaba y cayeron redondos en el piso, salieron corriendo por todo el campo perdiendo las sotanas…”. Este párrafo anterior a modo de anecdotario, luego vinieron testimonios de mucha gente a quien él curó, muchos ya no están por el paso del tiempo. un testimonio lo pude vivir así: en la década del 70 siendo yo una niña, asistia de visitas una señora que decía venia de la ciudad de General Alvear, cubria su cabeza un hermoso pañuelo de seda y siempre su atuendo era negro. Me llamaba la atención y hoy lo creo más que nunca , una bolsita de red con alimentos en señal de agradecimiento que esta señora entregaba a mi abuela Mercedes, ya habían pasado muchos años del fallecimiento de Pancho,(mi papá tenía ocho meses, no lo llegó a conocer). Esta señora , La Vasca Artola, con todo respeto, era traída por uno de sus hijos en un rastrojero impecable, y mientras él hacía sus diligencias en Saladillo ella conversaba con mi abuela. Esta situación se repetía siempre. Dirían: ¿Dónde está el Testimonio?...Transcurrieron los años, me casé , tuve hijos y en una circunstancia de un encuentro de los Centros Vascos me encuentro en Gral. Alvear. Conversando con la bibliotecaria le comento “las visitas” de esta señora que yo recordaba a el apellido la que sin dudarlo me dijo:- veni que te presento a uno de sus hijos. En la esquina de la mesa se encontraba un hombre ya mayor vestido de gaucho, alto. Me presento y la primera reacción fue pararse y estrecharme en un fuerte abrazo y entre sollozos me dijo: “ Siendo yo muy pequeño y estando desahuciado, tu abuelo me salvó la vida”. Este es un pequeño relato del que tengo registro.
Otras de mis vivencias son “las Flores Blancas”. Según la tía Carlota y mi abuela Mercedes a las que nombré anteriormente, eran las que él pidió que le llevarán siempre, hecho que compruebo desde muy pequeña, ya que siempre concurriamos los domingos de visita al cementerio, y siempre, siempre estaban allí en su sepulcro como hoy en día luego de 81 años de su fallecimiento.(1)
En la actualidad, con estas “Flores Blancas”, podemos encontrar una gran cantidad de placas, rosarios y varios objetos entregados seguramente en agradecimiento.
Otro de los testimonios más lejanos pueden comprobarlo a través de la lectura de los versos escritos por el poeta Juan Milatich de la Ciudad de Vicente Casares. Este poeta escribió “Lo que he sido y lo que soy”, donde describe en una autobiografía en forma de verso los males que lo afligen y como conoce a Genaro Failace, el discípulo, y luego a Pancho Soler.
Posteriormente, escribió otro poema en el año 1941 , al año de fallecimiento de Francisco Pancho Soler titulado “Sobre la tumba de Pancho Soler” en un acto de descubrir una placa que yace en su sepultura y que dice: “Al que cumplió su misión por mandatos celestiales sus hijos espirituales en justa veneración” y en la cual se puede observar el rostro de Pancho tallado en el bronce.
No hace mucho tiempo, recibo el mensaje de un amigo consultando si soy algo de Pancho Soler” y al conocer mi respuesta me cuenta de una artista local que escribió una canción para mi abuelo y me la comparte. Inmediatamente me pongo en contacto con ella: Ángeles Mendoza, quien por relatos de su abuelo conocía la historia y se vio inspirada en escribir esta canción con la participó en un Pre Cosquín:
El curandero del agua ( Ángeles Mendoza y Juan Martin Candau)
Quebró la tarde un suspiro
Haciéndose eco en el campo
Cuando un corazón herido
Se unió a la voz de los santos
Cargo en su pecho una cruz
Cambio la tierra por agua
Bajo de un árbol frondoso
Va derramando la magia
Por esperanzas perdidas
Su corazón regalaba
Y en el confín de la vida
Todos los males curaba.
Le canto esta chacarera
PAL curandero del agua
Querido Pancho Soler
Guíame en vida y en alma
Por un mensaje del cielo
Lo siento siempre a mi lado
Va dibujando el camino
Por los senderos sagrados
Curando a pobres y ricos
Y sin pedir nada a cambio
Que injusta a veces la vida
Tuvo que andar escapando
Voló su pongo en el viento
Dejó en el aire su brillo
Iluminando en el pago
La historia de Saladillo
Le canto esta chacarera
pal curandero del agua
Querido Pancho Soler
Guíame en vida y en alma
Y podría continuar con los relatos que me han ocurrido personalmente vuelvo a insistir con lo que él le decía a sus seguidores, la Fe y los nueve tragos de agua en ayunas y rezar a nuestro Señor.
Hoy solo puedo decir, Gracias, gracias abuelo Pancho por tu misión, tu legado, vivirás eternamente en cada corazón que te manifiestes e invoque tu nombre.
(1)Escrito en 2021, modificado en 2025.
Veronica Soler (Hija de Miguel Angel Soler, nieta)




Aclaración: La biografía del personaje es ficticia y es solo modo de ejemplo, al igual que las fotografías, las cuales pertenecen a un banco de imágenes.

FRANCISCO SOLER
Francisco Soler nació un 19 de enero del año 1901 en Saladillo.
Sus padres Francisco Soler Doya (1857) y Margarita Pallarola Guitar (1864) eran oriundos de España.
Sus 13 hermanos: Maria (1878), Antonio Valentin (1881), Teresa (1882), Rafael (1884 aprox.), Emilia (1885 aprox.), Emilio Manuel (1889), Juana de la Cruz (1890), Paula (1894), Isabel (1896), Carlota Nicandra (1898), Robustiano (1902) y Mario Delio (1906).
Francisco Pancho Soler se casó en primeras nupcias con Doña Rosa Albina Gonzalez con la que tuvo tres hijos: Josefa (Ñata), José (Pepe) y Raquel (Quela), Manuel Angel (Lolo).
Al fallecer su esposa contrae matrimonio con Mercedes Catalina Cotignola con la que tiene tres hijos más: Francisco Oscar, Roberto Roque (Beto) y Miguel Angel (Lito, mi papá).
Se relatan historias a través del tiempo, que van pasando de generación en generación, sobre hechos y anécdotas sobre su vida.
La más relevante es una de cómo llegó a ser Curandero (aproximadamente 1920) Naturalista como decían le gustaba apodarse a él. Cuentan que un día encontrabase arando en un campo Estancia Leonchos de la familia Delia cerca de la “Estación de servicio Las Gallaretas”, cuando recibió una señal que lo invoca a dejar todo y dedicarse a sanar a curar con un solo elemento, o mejor dicho dos, los más importantes: La Fe y El Agua. De figura mediana, alto y delgado como lo deja ver una de sus pocas fotos. Usaba ropa sencilla pero bien prolija y una rastra, elemento tradicional de la época, rodeaba siempre su cintura, luciendo en el centro de la misma un crucifijo de alpaca y oro que aún hoy se conserva en la familia y era otro de los instrumentos que usaba para curar.
Es así como en su rancho ubicado detrás del cementerio, Av. Ibañez Fromchan y prolongación Che Guevara comienza su labor. Al principio eran pocos pero llegó a asistir tanta gente, tan solo con el boca a boca que se unieron a él varios discípulos, como los llamaban, uno de ellos: Don Genaro Failace.
Varias son las anécdotas relatadas por su hermana Carlota Nicandra Soler de Molfino, con la que viví varios años de mi adolescencia. Llegaron las denuncias por Medicina ilegal, “...lo venía a buscar en una voiture (viste esos autos cuadrados a manija) la policía y no se lo podían llevar porque no les arrancaba”. Llegaron también las comprobaciones: “...Una vez vinieron dos disfrazados de curas, salió Pancho del lugar donde curaba y cayeron redondos en el piso, salieron corriendo por todo el campo perdiendo las sotanas…”. Este párrafo anterior a modo de anecdotario, luego vinieron testimonios de mucha gente a quien él curó, muchos ya no están por el paso del tiempo. un testimonio lo pude vivir así: en la década del 70 siendo yo una niña, asistia de visitas una señora que decía venia de la ciudad de General Alvear, cubria su cabeza un hermoso pañuelo de seda y siempre su atuendo era negro. Me llamaba la atención y hoy lo creo más que nunca , una bolsita de red con alimentos en señal de agradecimiento que esta señora entregaba a mi abuela Mercedes, ya habían pasado muchos años del fallecimiento de Pancho,(mi papá tenía ocho meses, no lo llegó a conocer). Esta señora , La Vasca Artola, con todo respeto, era traída por uno de sus hijos en un rastrojero impecable, y mientras él hacía sus diligencias en Saladillo ella conversaba con mi abuela. Esta situación se repetía siempre. Dirían: ¿Dónde está el Testimonio?...Transcurrieron los años, me casé , tuve hijos y en una circunstancia de un encuentro de los Centros Vascos me encuentro en Gral. Alvear. Conversando con la bibliotecaria le comento “las visitas” de esta señora que yo recordaba a el apellido la que sin dudarlo me dijo:- veni que te presento a uno de sus hijos. En la esquina de la mesa se encontraba un hombre ya mayor vestido de gaucho, alto. Me presento y la primera reacción fue pararse y estrecharme en un fuerte abrazo y entre sollozos me dijo: “ Siendo yo muy pequeño y estando desahuciado, tu abuelo me salvó la vida”. Este es un pequeño relato del que tengo registro.
Otras de mis vivencias son “las Flores Blancas”. Según la tía Carlota y mi abuela Mercedes a las que nombré anteriormente, eran las que él pidió que le llevarán siempre, hecho que compruebo desde muy pequeña, ya que siempre concurriamos los domingos de visita al cementerio, y siempre, siempre estaban allí en su sepulcro como hoy en día luego de 81 años de su fallecimiento.(1)
En la actualidad, con estas “Flores Blancas”, podemos encontrar una gran cantidad de placas, rosarios y varios objetos entregados seguramente en agradecimiento.
Otro de los testimonios más lejanos pueden comprobarlo a través de la lectura de los versos escritos por el poeta Juan Milatich de la Ciudad de Vicente Casares. Este poeta escribió “Lo que he sido y lo que soy”, donde describe en una autobiografía en forma de verso los males que lo afligen y como conoce a Genaro Failace, el discípulo, y luego a Pancho Soler.
Posteriormente, escribió otro poema en el año 1941 , al año de fallecimiento de Francisco Pancho Soler titulado “Sobre la tumba de Pancho Soler” en un acto de descubrir una placa que yace en su sepultura y que dice: “Al que cumplió su misión por mandatos celestiales sus hijos espirituales en justa veneración” y en la cual se puede observar el rostro de Pancho tallado en el bronce.
No hace mucho tiempo, recibo el mensaje de un amigo consultando si soy algo de Pancho Soler” y al conocer mi respuesta me cuenta de una artista local que escribió una canción para mi abuelo y me la comparte. Inmediatamente me pongo en contacto con ella: Ángeles Mendoza, quien por relatos de su abuelo conocía la historia y se vio inspirada en escribir esta canción con la participó en un Pre Cosquín:
El curandero del agua ( Ángeles Mendoza y Juan Martin Candau)
Quebró la tarde un suspiro
Haciéndose eco en el campo
Cuando un corazón herido
Se unió a la voz de los santos
Cargo en su pecho una cruz
Cambio la tierra por agua
Bajo de un árbol frondoso
Va derramando la magia
Por esperanzas perdidas
Su corazón regalaba
Y en el confín de la vida
Todos los males curaba.
Le canto esta chacarera
PAL curandero del agua
Querido Pancho Soler
Guíame en vida y en alma
Por un mensaje del cielo
Lo siento siempre a mi lado
Va dibujando el camino
Por los senderos sagrados
Curando a pobres y ricos
Y sin pedir nada a cambio
Que injusta a veces la vida
Tuvo que andar escapando
Voló su pongo en el viento
Dejó en el aire su brillo
Iluminando en el pago
La historia de Saladillo
Le canto esta chacarera
pal curandero del agua
Querido Pancho Soler
Guíame en vida y en alma
Y podría continuar con los relatos que me han ocurrido personalmente vuelvo a insistir con lo que él le decía a sus seguidores, la Fe y los nueve tragos de agua en ayunas y rezar a nuestro Señor.
Hoy solo puedo decir, Gracias, gracias abuelo Pancho por tu misión, tu legado, vivirás eternamente en cada corazón que te manifiestes e invoque tu nombre.
(1)Escrito en 2021, modificado en 2025.
Veronica Soler (Hija de Miguel Angel Soler, nieta)



