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SAMUEL BRITVIN "TATE"

Samuel Britvin —Tate para todos nosotros— nació en Pueblo Domínguez, Entre Ríos. Era hijo de Moisés Britvin, más conocido como Quircho, y de Flora Tevelez.

Vivió en aquellos pagos hasta que le tocó hacer el servicio militar. Fue entonces cuando descubrió que en Buenos Aires se podía comer un poco mejor y decidió que valía la pena probar suerte por esos lados.

Apenas llegó, una de las primeras cosas que hizo fue ir hasta la esquina de Cordero y Alsina, en Avellaneda. Allí estaba la cancha del Club Atlético Independiente, que hasta ese momento solo conocía por las páginas de la revista La Cancha. Conocerla en persona habrá sido, seguramente, una de sus primeras conquistas porteñas.

Aprendió a manejar camiones, y aquel aprendizaje terminó señalándole su destino laboral. El camión no sería solamente su herramienta de trabajo: sería su casa, su mundo y el escenario de buena parte de su vida.

Se casó con Cuca, una morocha santiagueña de gran belleza. Juntos recorrieron la Argentina y, durante mucho tiempo, prácticamente vivieron en la cabina de un camión. De aquellos viajes —y de aquella cabina— llegaron sus dos hijos reconocidos: el Mario, Kike, y el Samy, Bogui.

Con los años se convirtió en el zeide de Barby, Pablo y Boris, Moshiko.

Tate era un hombre que se creía lindo. Y hay que reconocer que tenía lo suyo. Era vivo, inteligente… por lo menos para ciertas cosas. Le gustaba la joda más que el dulce de leche y era bastante mujeriego. Pero así era el hombre y así era la cosa. No tenía demasiado sentido pretender explicarlo de otra manera.

Con esfuerzo y olfato supo construir una empresa de transporte que llegó a tener más de cuarenta y cinco camiones. La empresa se hizo internacional y sus unidades viajaban desde la Argentina hasta Brasil.

Hablaba algo de ídish y chamuyaba el portugués con suficiente convicción como para hacerse entender. En política también supo recorrer su propio camino: primero pensó como comunista; después se volvió más socialista y, cuando finalmente tuvo plata, terminó siendo peronista liberal. Ante todo, sabía adaptarse.

Respetaba profundamente al trabajador. Admiraba al criollo que trabajaba y al paisano judío que progresaba. Quizás porque reconocía en ambos algo de sí mismo: el esfuerzo, la viveza y la determinación de salir adelante.

Los militares lo secuestraron dos veces. De aquellas experiencias no le resultó fácil regresar. Fueron heridas difíciles, de esas que un hombre puede llevar por dentro aunque siga trabajando, haciendo bromas y abriendo las puertas de su casa.

Porque Tate fue también un gran amigo de sus amigos. Su casa estaba siempre abierta y, alrededor suyo, nunca faltaban una mesa, una conversación, una discusión política, una historia de camiones o algún personaje entrando y saliendo.

Su frase preferida era breve, contundente y no admitía demasiadas interpretaciones:

—Plata o mierda.

El hombre se fue de esta tierra un poco preocupado. Tal vez porque comprendió, al final del camino, que muchas de las cosas que parecían importantes no lo eran tanto.

Si hoy pudiera enviarnos un mensaje desde el lugar en el que se encuentra, posiblemente nos diría:

“No desperdicien la vida en cosas paganas y mundanas. Vinimos a este mundo para corregir nuestros errores. Porque, si no los corregimos, ¿para qué tener que volver?

Desde el lugar en el que me encuentro les mando mis bendiciones. Le pido a D-os, que es quien nos guía, que nos dé fuerza y ayude a la humanidad para que este caos termine.

A quien le haya quedado debiendo plata, le prometo pagarle en otra vida.

Y a quien todavía me debe a mí… que la guarde, pero con intereses”.

Así era Samuel Britvin, nuestro Tate: camionero, empresario, amigo, aventurero, contradictorio, generoso, pícaro y profundamente humano.

Un hombre que recorrió muchos caminos y que, de una manera u otra, todavía sigue viajando con nosotros.

Aclaración: La biografía del personaje es ficticia y es solo modo de ejemplo, al igual que las fotografías, las cuales pertenecen a un banco de imágenes.

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SAMUEL BRITVIN "TATE"

Samuel Britvin —Tate para todos nosotros— nació en Pueblo Domínguez, Entre Ríos. Era hijo de Moisés Britvin, más conocido como Quircho, y de Flora Tevelez.

Vivió en aquellos pagos hasta que le tocó hacer el servicio militar. Fue entonces cuando descubrió que en Buenos Aires se podía comer un poco mejor y decidió que valía la pena probar suerte por esos lados.

Apenas llegó, una de las primeras cosas que hizo fue ir hasta la esquina de Cordero y Alsina, en Avellaneda. Allí estaba la cancha del Club Atlético Independiente, que hasta ese momento solo conocía por las páginas de la revista La Cancha. Conocerla en persona habrá sido, seguramente, una de sus primeras conquistas porteñas.

Aprendió a manejar camiones, y aquel aprendizaje terminó señalándole su destino laboral. El camión no sería solamente su herramienta de trabajo: sería su casa, su mundo y el escenario de buena parte de su vida.

Se casó con Cuca, una morocha santiagueña de gran belleza. Juntos recorrieron la Argentina y, durante mucho tiempo, prácticamente vivieron en la cabina de un camión. De aquellos viajes —y de aquella cabina— llegaron sus dos hijos reconocidos: el Mario, Kike, y el Samy, Bogui.

Con los años se convirtió en el zeide de Barby, Pablo y Boris, Moshiko.

Tate era un hombre que se creía lindo. Y hay que reconocer que tenía lo suyo. Era vivo, inteligente… por lo menos para ciertas cosas. Le gustaba la joda más que el dulce de leche y era bastante mujeriego. Pero así era el hombre y así era la cosa. No tenía demasiado sentido pretender explicarlo de otra manera.

Con esfuerzo y olfato supo construir una empresa de transporte que llegó a tener más de cuarenta y cinco camiones. La empresa se hizo internacional y sus unidades viajaban desde la Argentina hasta Brasil.

Hablaba algo de ídish y chamuyaba el portugués con suficiente convicción como para hacerse entender. En política también supo recorrer su propio camino: primero pensó como comunista; después se volvió más socialista y, cuando finalmente tuvo plata, terminó siendo peronista liberal. Ante todo, sabía adaptarse.

Respetaba profundamente al trabajador. Admiraba al criollo que trabajaba y al paisano judío que progresaba. Quizás porque reconocía en ambos algo de sí mismo: el esfuerzo, la viveza y la determinación de salir adelante.

Los militares lo secuestraron dos veces. De aquellas experiencias no le resultó fácil regresar. Fueron heridas difíciles, de esas que un hombre puede llevar por dentro aunque siga trabajando, haciendo bromas y abriendo las puertas de su casa.

Porque Tate fue también un gran amigo de sus amigos. Su casa estaba siempre abierta y, alrededor suyo, nunca faltaban una mesa, una conversación, una discusión política, una historia de camiones o algún personaje entrando y saliendo.

Su frase preferida era breve, contundente y no admitía demasiadas interpretaciones:

—Plata o mierda.

El hombre se fue de esta tierra un poco preocupado. Tal vez porque comprendió, al final del camino, que muchas de las cosas que parecían importantes no lo eran tanto.

Si hoy pudiera enviarnos un mensaje desde el lugar en el que se encuentra, posiblemente nos diría:

“No desperdicien la vida en cosas paganas y mundanas. Vinimos a este mundo para corregir nuestros errores. Porque, si no los corregimos, ¿para qué tener que volver?

Desde el lugar en el que me encuentro les mando mis bendiciones. Le pido a D-os, que es quien nos guía, que nos dé fuerza y ayude a la humanidad para que este caos termine.

A quien le haya quedado debiendo plata, le prometo pagarle en otra vida.

Y a quien todavía me debe a mí… que la guarde, pero con intereses”.

Así era Samuel Britvin, nuestro Tate: camionero, empresario, amigo, aventurero, contradictorio, generoso, pícaro y profundamente humano.

Un hombre que recorrió muchos caminos y que, de una manera u otra, todavía sigue viajando con nosotros.

Buenas Memorias - 2026

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